domingo, 1 de mayo de 2011

Clamor popular











Han acampado en las calles, han montado carpas y dormido en sillas, han soportado el frio de las noches y la lluvia de todos los días. Se han echado a la calle,  como sólo saben hacerlo ellos, para esperar este momento casi imperceptible. A lo largo de unos cuantos kilómetros, los que separan la Abadía de Westminter del Palacio de Buckingham, un cortejo de carruajes historiados y jinetes de la Real Guardia de Caballería, les dará a los ingleses su única oportunidad de carne y hueso, para sentirse parte del acontecimiento. Nosotros, cómodamente instalados frente a una taza de humeante Earl´s Grey English Breakfast Tea lo veremos en la primera fila de nuestro televisor.
Sólo falta una de las más celebres tradiciones de una boda real que se precie: el beso en el balcón. Dentro de poco, un paje de la corte descorrerá los cortinajes, abrirá las puertas del balcón de palacio y ambas familias acompañarán a los novios en su primer “baño de multitudes”,  primero de una serie interminable de ocasiones en las que la Duquesa de Cambridge, recordará el día en que se metió en esto, pero entonces no será tan protagonista como hoy.
Allí están, estrictamente, las familias de ambos conyugues: La Reina en un discreto segundo plano,  casi ni saluda a la muchedumbre apostada al pie del balcón y Catherine hace lo posible por permitirle a los niños del cortejo su momento de gloria. Finalmente, saludan emocionados – ella no puede creerlo aun – y Guillermo le dice ¿nos besamos?
Abajo, los súbditos de Su Majestad enloquecen. Un tímido primer beso, unas cálidas sonrisas y más saludos. Cinco minutos después, un segundo y más prolongado “piquito” hace que un comentarista de la BBC diga que los novios no han decepcionado.
Hay aviones en el cielo saludando la ocasión, soldados de gala resguardando las rejas palaciegas, multitudes que pugnan por alcanzar la mejor visión y una sensación indudable de que las cosas, a este par, tienen que irle mejor que a muchos.
Es hora de entrar a Palacio, atender invitados y picar la torta (que son dos, por cierto). La parte pública del convite ha terminado. Adentro, 650 elegidos comerán 15 canapés cada uno, tomaran un par de copas de champagne y tres de vino, saludarán a Sus Majestades y regresarán a casa con la sensación de haber visto la historia pasar.
Que sean felices y  que coman perdices.

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